jueves, 3 de agosto de 2017

Gracias Doctor Abraira...

Acaba de morir, tras una rápida enfermedad, Andrés el médico de familia que hace ya muchos años nos atendía en casa y a quien conocimos por la casualidad de habernos tocado en el ambulatorio del barrio. Es evidente que no tengo saber alguno para verificar su amplitud científica, pero sí puedo afirmar que como señala el primer principio del “juramente hipocrático” este médico de familia ha consagrado su vida al servicio de la humanidad.

En ocasiones esos principios, y lo que señalan, se quedan en el abstracto de las buenas intenciones. O, a lo más, en aquellas actuaciones de personajes heroicos y extraordinarios a quienes el imaginario social reconoce sus grandezas.
Sin embargo este doctor precisamente ha puesto de relieve –a mi entender- esa consagración desde la ocupación y preocupación por lo cotidiano de las personas. Aquellos tormentos médicos que, en muchas ocasiones –como él mismo me decía-, eran la tapadera de verdaderas tragedias personales, sociales y comunitarias que nos estaban tocando vivir. Desde el entretenimiento con la abuela, a quien le dolía más la ausencia de sus nietos que el escozor en el ojo que decía padecer; o el enfermo de corazón que le requería continuamente medicamentos más baratos porque llevando tanto tiempo en paro no podía hacer frente a ellos; o el emigrante “a quien habían expulsado de la seguridad social por ser pobre” que siempre encontraba una rendija burocrática y humanista para poder ser atendido de sus dolencias, muchas veces ausencias…
Estas acciones concretas, reconocibles y habituales son las que hacen reconocer, en esta tarde de pena y despedida en su fallecimiento, a la buena persona y excelente profesional de la medicina pública que hemos tenido el orgullo de conocer y que nos ha tratado en nuestras dolencias de todo tipo: sanitarias, psicológicas y hasta espirituales. Esto es desempeñar mi arte con conciencia y dignidad, como obliga ese juramento al que antes hacía referencia.
Esa lucha por lo público que le hacía mantener la tensión entre el cumplimiento de las ordenes políticas: “consultas rápidas, de poco tiempo” y la delicada dedicación a quien tenía al otro lado de la mesa escuchando atentamente, sin prisas, dedicando todo lo mejor que él pudiera ofrecer en esa atención. Defender lo común no sólo como apuesta ideológica, sino como manera eficaz y eficiente de  tener absoluto respeto por la vida humana”, aunque esta no viniese envuelta en papel couché o avalada por bienes económicos o culturales. Esos, los que mandan y a veces nos joden la vida, pedían no hacer muchas pruebas por su coste económico. Sin embargo, nuestro médico, no dudó un momento en utilizar los recursos existentes para diagnosticar, aminorar o curar los efectos de cualquier enfermedad fuese esta grave o liviana.
Cuantos muchachos de casa, que murieron por sida, cáncer, sobredosis, abandono... encontraron además de un buen profesional una persona amigable que, con su sola atención, era capaz de tranquilizar, animar y fortalecer en momentos delicados y de esos que muchas veces provocan miedo y angustia.
Como todas las muertes, el vacío que notaremos en el pasillo del ambulatorio será grande. Esa trinidad que formaron el doctor Albertini (ya jubilado) y la doctora Ortiz, que flanqueaban a nuestro doctor, quedará siempre en nuestra memoria. Pero esta tarde, frente a este mar Mediterráneo por el que tanto paseó junto a su querida Concha, sé que nos queda su mirada. Esa que provocaba paz, porque era sincera. Sus apretones de mano, porque la fuerza que ponía en cada intento por curar eran  luchas sin cuartel contra todo aquello que no respetase la vida. Su tiempo, la inolvidable atención, que hacía que ese momento fuera sólo e inexcusablemente para quien tenía sentado frente a él.

El honor del doctor, como acaba advirtiendo dicho juramento, es que utilizó sus conocimientos a favor de la humanidad. Y eso, en estos tiempos de mercantilización y precarización, es todo un privilegio y una enseñanza.
Gracias Doctor Abraira.

jueves, 29 de junio de 2017

Me llamo Adou!!!

El título que da nombre a esta entrada podría ser lo normal en el encuentro entre personas: "me llamo...". Pero además es el título de un libro escrito por el periodista -y amigo- Nicolás Castellano donde narra las peripecias de una familia de Costa de Marfil cuyo empeño por estar unida acaba convirtiéndose en la paradoja del "fracaso de Europa", en palabras del poeta Benjamín de Prado, también presente en el acto.  
Ayer tarde se presentó el libro "Me llamo Adou", publicado en la editorial Planeta, en San Carlos Borromeo. Cerca de un centenar de personas nos dimos cita con el fin de conocer la historia que tan bien narra el periodista Nicolás. Pero no sólo esta historia, dicha presentación era la excusa para reflexionar juntos sobre las actuales leyes de extranjería y asilo que, como señaló Nicolás:"actualmente son máquinas de producir sufrimiento".
Aquella imagen que dio la vuelta al mundo del "niño de la maleta", como otros iconos fotográficos: la niña desnuda tras el napalm, el pequeño cadáver de Aylan... han contribuido, como señaló Benjamín de Prado, a "exceder la información que nos llega y a embrutecernos más que a sensibilizarnos". Esta "piedad fugaz" en la que vivimos, como lúcidamente señala Luis García Montero en el prólogo del libro, puede acabar afianzando el neoliberalismo que en este caso, y recordaba Benjamin de Prado, supondrá que "cada uno tendrá los derechos  que se pueda pagar".

Sin embargo también dicha paradoja del "fracaso de Europa" es toda una invitación al quehacer periodístico y al cambio de mirada respecto a la vida en general. La maleta supone estar en salida, en palabras del propio Papa Francisco. Estar dispuesto a acercarse a la realidad. Como periodista -y es una de las claves fundamentales del trabajo profesional de Nicolás- no esperar que los acontecimientos lleguen a la mesa de redacción, al teletipo o a través de un twiter. Solo el acercamiento al otro posibilitará la verdad. No sólo el conocimiento de lo que vemos, sino la verdad de lo que entraña. De ahí que el escáner sería la parábola necesaria del hecho de acercarnos, conocer para desentrañar lo que esa realidad nos presenta y contarla, como hace Nicolás, para que el efecto que produzca en sus lectores sea la indignación que nos lleve a las preguntas. Desvelar cuáles son las leyes y protagonistas que impidieron, y aún hoy, impiden que esta familia esté junta. Ese es uno de los efectos fundamentales, a mi parecer, del buen periodismo actual y de este libro en particular.El acto, como siempre acaban las cosas importantes, finalizó compartiendo la mesa que tan ricamente habían preparado Arturo, Barry y el mismo Aboubakar.

Y como en tantas ocasiones en nuestra vida, ocurrió el milagro. Resulta que unos de los jóvenes con quien comparto ahora la vida en casa, Aboubakar, fué el compañero de habitación del pequeño Adou cuando le llevaron, en Ceuta, al centro de protección de menores. Este joven contó pequeños detalles de la vida de Adou en el centro, su empeño en afirmar que su padre vendría esta tarde a buscarle, su silencio sobre cómo había llegado a Ceuta o su sonrisa continua respecto a todo lo que a su alrededor acontecía. Relato de Aboubakar que no sólo emocionó y enterneció el acto, sino que -espero- provoco que muchos de los presentes se empeñasen no sólo con conocer la realidad sino saber la verdad.

jueves, 15 de junio de 2017

en nombre de la ¿democracia?

Ayer tarde, en la nave Terneras del Matadero de Madrid en Legazpi, se celebró un acto "Contra la criminalización de la protesta, por las Libertades, los Derechos y la Independencia Judicial" donde hemos escuchado relatos estremecedores sobre cómo la manipulación policial ayudada por los silencios o interpretaciones de jueces y fiscales, están provocando mucho dolor a ciudadanos corrientes. Trabajadoras y trabajadores con un "perfil" (por utilizar términos policiales) semejante: personas activistas a quien se pretende vincular con actos terroristas. Y este dolor se expresa en la cantidad de años de cárcel que se pide a estas personas, en el incremento monetario de las multas por la ley mordaza o en políticas de guerra contra las personas migrantes y refugiadas. 
En vídeo tuvimos la participación de vecinos y vecinas que contaron lo que pasó aquella tarde en Alsasua, así como el grupo de mujeres sevillanas del coño insumiso, o a Casandra contando su situación por unos tuits ofensivos.
Además la presencia del joven Nahuel, Elena la madre de Alfonso o el profesor universitario de arqueología en la UAB de Barcelona Ermengol Gassiot.
Pensaba en lo débil que es el estado de Derecho. Sistema que no podemos dar nunca por conquistado, siempre en construcción y con la certeza ineludible de que los Derechos Humanos no hay que esperarlos, sino lucharlos.
Poner rostro a historias de represión, persecución y manipulación es una tarea imprescindible en las luchas sociales, precisamente, para que no sobresalga aquello que criticamos: evitar el riesgo de anteponer lo ideológico a la persona.
En el acto se nos hizo cantar, algunos letrados nos explicaron el estado de la cuestión desde el punto legal. Pero sobre todo, la sensación que tuve es el despropósito de un entramado social y político que no sólo rechaza la diversidad sino que pone todo el poder a su alcance para perseguir y criminalizar a las personas y colectivos que pretenden pensar por sí mismos. Recordé, entonces, aquel famoso poema de Martín Niemöller:

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar.»

viernes, 2 de junio de 2017

Grandes empresas: voraces!!!

Las catástrofes siempre vienen de la mano de dificultades añadidas. Cuando estas además se suman a la vida mísera y empobrecida de las personas que sobreviven en determinado lugar donde ocurre la tragedia, el cúmulo de desgracias, dolores e impotencia se eleva considerablemente. No es lo mismo las consecuencias de un mismo hecho, un terremoto, en una ciudad americana que si este ocurre en una población de Haití. El registro de la escala podrá coincidir. El registros de sufrimientos y destrozos será considerablemente diferente.
Esto ha ocurrido en el incendio sufrido ayer tarde por las familias que mal viven en el poblado madrileño del Gallinero. Además de perder las pocas pertenencias que tuvieran: comida, ropa, colchones, medicinas, cocina... y la "sagrada documentación" personal de los miembros de la familia... han perdido su casa. Estas, sencillas, construidas unas sobre otras con materiales de madera de desecho, constituyen "su casa". Pienso en que desaparezca "mi casa" y sinceramente la angustia que me produce semejantes ficción no es pequeña.
Pues además de todo lo anterior, que no es baladí, emergen esos extraños pero presentes monstruos de la aporofobia, a los que se refiere muy acertadamente Adela Cortina en su último libro.
En nombre de la sacrosanta "seguridad" la compañía eléctrica Unión Fenosa decide cortar los cables que posibilitan que estas familias -40 que residen actualmente en el barrio- puedan tener energía para las neveras, calentar la leche de los biberones o, en algún caso, dar servicio a la máquina que facilita que el bebe respire bien. Se preocupan las grandes compañías tanto por los ciudadanos, que esta acaba provocando situaciones se inseguridad y peligro tan evidentes como volver a enganchar la luz de la manera que sea.
Se corta la luz por seguridad pero no se miden las consecuencias de inseguridad que se crean con esa decisión por la seguridad.
Quizás, como en tantos otros lugares y momentos, si los servicios básicos de la ciudadanía estuvieran en el horizonte de los derechos humanos como personas que somos y no en lo graciable del grande y poderoso respecto del pequeño y vulnerable, entonces sólo entonces, situaciones atroces como esta que está provocando una gran compañía eléctrica a familias pobres no ocurrirían. Y, además, las administraciones públicas estarían efectivamente al servicio de las necesidades de sus ciudadanos y no en el equilibrio siempre complejo, de no molestar demasiado al pez gordo no vaya a pretender seguir saciando su voracidad nunca satisfecha.

lunes, 8 de mayo de 2017

Gracias... muchas gracias...

Celebré el pasado sábado, rodeados de buenas amigas y amigos, los 25 años que me ordené de cura. Por si fuera de tu interés, aquí dejo las palabras que dije. 


Nos muestra el Evangelio (Mt 14, 13-21) una vez más, cómo, del dios de Jesús, sabemos –como ya del de Moisés- a través de un conflicto. Narra Mateo este Evangelio justo tras la controversia y asesinato de Juan, el Bautista, por parte de Herodes. Herodes no puede asumir que el pueblo reconozca alguien sin superioridad, sin una institución que le represente…

Ante el asesinato de su amigo y maestro Jesús se aleja. Pero no se retira para escabullirse de la situación. Se retira para que “la fama” no le atrape y condicione su proyecto de “plan de Dios”. Curiosamente, sigue diciendo el relato, las gentes de las ciudades marchan de ellas, y con lo puesto van en su busca. Jesús no la espanta, ni huye de quien le busca. Al contrario, ve cuáles son sus necesidades y se pone manos a la obra. Padece con ellos –“se compadeció” dice el relato- y del encuentro surge la curación.

Jesús cura porque antes se encuentra, mira a los ojos, nos provoca y anima.

Inmediatamente aparece en el relato uno de los poco imperativos evangélicos: “dadles vosotros de comer”.

No hay delegación posible en la preocupación por el otro. Ese “dadles vosotros de comer” es toda una llamada (exigencia) comprometida para quienes pretendemos ser seguidores del dios de Jesús y para todas aquellas personas de buena voluntad.
Este relato evoca en gran medida lo que esta tarde me gustaría compartir. Muchos de los que estamos aquí nos hemos encontrado en este camino, precisamente, a raíz de algún conflicto. Si algo he vivido en estos 25 años de cura, han sido precisamente conflictos. Pero estos han sido anunciadores de vida, humanizadores cuando -juntos- hemos luchado por alumbrar algo nuevo, experimentar la solidaridad, crecer en cariño y fomentar la Fe.

Hemos vivido el conflicto de la cárcel y la violencia de los centros de menores: imperativo ético de luchar por la justicia, por la humanización, por la acogida y por supuesto por la libertad. Hemos vivido, así en plural y en colectivo, el dolor de las drogas, de la enfermedad y de la discriminación, que se han convertido en espacios para el encuentro, el abrazo y la acogida. Hemos compartido el conflicto de la injusticia social, del hambre, los desahucios y las crisis económicas, pero no de las que duran años, sino de las que duran vidas e incluso generaciones y de ahí nace cada día la lucha, el encuentro en las calles y la mesa compartida. Hemos vivido el dolor y la violencia  de las fronteras, esas fronteras que atraviesan vidas y las parten por la mitad; y la acogida se convirtió en hospitalidad y otra vez el encuentro, el abrazo, y el descubrirnos unos a otros. Y ante todo esto el grito indignado: Vergüenza.

Esta llamada del evangelio “dadlos vosotros de comer” ha sido la música que durante años alentó este caminar colectivo y comunitario. Junto a esa música hemos ido construyendo una partitura cuya letra es el nombre de todas y cada una de las personas que han pasado y estáis en mi vida. Nombrarlas a todas sería imposible –es fiel reflejo de lo privilegiado que me siento- pero sí que os pediría un momento de silencio para intentar evocar cada uno de los encuentros que hemos tenido quienes aquí estamos y con aquellas personas que, por distintas razones, hoy no pueden acompañarnos.     

En un mundo tan parecido al relato evangélico (algunos se empeñan en echar a otros creyendo que no hay para todos) estamos llamados a vivir esta convocatoria -“dadles vosotros de comer”- como una corresponsabilidad que nace del sentirnos hermanos y hermanas en una misma humanidad. Dar gracias a Dios, a la vida, por este hallazgo que hemos hecho conjuntamente es sentirme mimado y privilegiado. Y de esos privilegios, que el relato visualiza en ese “se saciaron todos”…, estos 25 años están repletitos.


No hay día, ocasión, encuentro, paso dado… que no sienta la necesidad de estar agradecido por ese estar saciado de afecto, saciado de cariño y saciado de personas a mi alrededor llenas de ganas de crear vida y esperanza a nuestro alrededor.

miércoles, 3 de mayo de 2017

25 años... no son nada...

Puede parecer una sorpresa... pero no, no lo es que cumplo 25 años de ser cura. 25 años que se pasaron con demasiada rapidez y, en ellos, multitud de rostros de personas, todas entrañables, con quien he ido haciendo este camino privilegiado.
Nombraros a todas y todos podría acabar con los megas del blog. Así que de todo corazón MUCHAS GRACIAS.
En el Seminario de Madrid, en 1º de Teología

viernes, 10 de febrero de 2017

Verónica y Samuel

Que miradas.
Parece imposible que ya nunca más puedan volver a fijarse una en la del otro. Que tierno recuerdo dejará esta imagen a vuestra familia, conocidos y compañeros de “travesía”.
Tan jóvenes, tan tiernos, que pareciera imposible que la criminal política europea que contra las personas migrantes se está ejecutando en esta vieja Europa, sea capaz de truncar vuestro futuro de una manera tan barbara.
No os conocí personalmente pero no quisiera que vuestra memoria, como la de tantos y tantas cuya imagen tampoco conocemos y pueblan ese cementerio in-natural en que hemos transformado nuestros mares y desiertos, quede en el olvido. Los seres humanos sólo podremos seguir mirando hacia delante, con humanidad, si somos capaces de prosternarnos antes las víctimas que, en el pasado, hemos ido dejando con responsabilidad directa o indirecta. Ese perdón colectivo que imploro ante vuestra joven mirada.
¿Qué mundo estamos creando? ¿De qué mundo huíais para poner en riesgo vuestra vida, la vida más sagrada que conocías: la de tu hijo? ¿Qué mundo habitamos cuya facilidad fratricida podría revertirse sin demasiado esfuerzo?
Miro vuestra foto y no puedo extirpar de mi cabeza la imagen de mi hermana y mi sobrino. De mi querida amiga y su hija. De la vecina recién alumbrada y su criatura resguardada entre sus pechos. ¿Por qué unos sí y otros no?
Poco puedo ya hacer por vosotros, más allá de lamentar y recordar, quiero decir –decirme- en voz alta que debo poner todo mi empeño para que vuestra memoria se transforme en empeño real y cierto para que no haya más necesidad de emprender esos viajes de muerte, violación y desespero. Y, eso sí, utilizar toda la violencia pacífica a mi alcance con aquellos que detentan poderes que crean leyes contra vosotros, que sueñan líneas contra la vida…

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En ocasiones las estrellas no las podemos ver. Sabemos certeramente de su presencia. Que vuestra mirada, como se ha clavado en lo más profundo de mí, ilumine esta batalla que tenemos contra quienes se empeñan en negar la Acogida y Hospitalidad.